Daniel Ferrere volvió de la universidad de Harvard con el empeño de crear una firma legal moderna en Uruguay. A mediados de la década de los ochenta del siglo pasado, ya era hora de colocar el servicio a los clientes como meta esencial. Ese debía ser el eje movilizador, insuflándole vitalidad a la tradición de abogados grandilocuentes, hombres de influencia, bufete y academia. Había espacio para la eficiencia en la profesión legal uruguaya.
La empresa, naturalmente, convocó a un puñado de abogados jóvenes y talentosos, dispuestos a todos los esfuerzos. Ese ímpetu inteligente ya era la impronta de una firma que crecería a ritmo vertiginoso, atrayendo clientes gracias a su afán por ofrecer buenos resultados y a una visión cosmopolita de los negocios.
El grupo fundacional, menos de cinco abogados, encontró su mayor logro en la creciente satisfacción de los clientes. Eso impregnó a tal grado su filosofía de trabajo que, aun transcurridas décadas de crecimiento exponencial, se precian de tratar a cada uno de los muchos clientes como si fuera el único. El trato personal y el compromiso con los intereses de sus representados se combinaron con una ejecutividad consistente con las exigencias de un mercado más competitivo y sofisticado.
Desde un apartamento en el centro de Montevideo, la firma se trasladó a una casa muy amplia, que pronto resultó pequeña. En un breve lapso fueron necesarias varias casas grandes. A medida que se incorporaban clientes y casos, nuevos profesionales se sumaban al equipo. De acuerdo a la visión original de Daniel Ferrere, se definieron grupos coordinados de especialistas, dedicados a distintos servicios legales, conocedores de diferentes industrias, capaces de asesorar a los clientes desde una perspectiva estratégica de sus negocios.
La firma, sin embargo, siguió cuidando especialmente los detalles y el trato personal, y continuó empeñada en que sus abogados estuvieran disponibles para los clientes e hicieran de la solución de sus problemas la motivación principal.
En 1996, FERRERE ganó el Premio Nacional de Calidad, un logro sin precedentes para una firma de servicios “intangibles”.
Durante los siguientes quince años, la firma creció al punto de ser, por lejos, la mayor del Uruguay. Amplió su capacidad operativa, agregando nuevos servicios legales y sumando profesionales.
En FERRERE, el mérito es el único criterio de ascenso; así se busca atraer talentos y generar una usina cuyo producto fundamental son soluciones eficientes para problemas complejos.
La expansión de FERRERE no cesa. La Firma dirige a las quinientas personas que trabajan en las ocho oficinas de FERRERE en Uruguay, Paraguay y Bolivia. Representar con éxito a compañías que emprenden las transacciones más grandes, enfrentar los casos más desafiantes y ser siempre excelentes en ello, es la apuesta de cada integrante de FERRERE, todos los días.
© 2011, Ferrere Abogados